Todo guitarrista sueña con las cosas difíciles.
Las falsetas imposibles. Los picados vertiginosos. Los arpegios que parecen inalcanzables. Los grandes nombres del flamenco nos han acostumbrado a pensar que la dificultad está en la velocidad, en la complejidad o en el virtuosismo.
Pero la guitarra tiene una extraña forma de poner a cada uno en su sitio.
Porque, con el tiempo, uno descubre que las cosas más difíciles suelen ser las más sencillas.
Tocar una soleá con compás.
Mantener un pulgar limpio.
Hacer sonar un rasgueado sencillo con el peso exacto.
Sostener el tiempo sin correr.
Acompañar un cante sin estorbarlo.
Hacer que una sola nota tenga intención.
Eso es extraordinariamente difícil.
Y, sin embargo, son las cosas que más fácilmente dejamos de respetar.
La rutina también existe en la guitarra. Después de años tocando, uno piensa que ya domina ciertos aspectos: el compás, los rasgueados básicos, las posiciones sencillas, el acompañamiento. Entonces aparece un peligro silencioso: la complacencia.
Se deja de escuchar.
Se deja de prestar atención.
Se toca en piloto automático.
Y la música empieza a perder vida.
La técnica más peligrosa no es la que aún no sabemos hacer. La más peligrosa es aquella que creemos haber conquistado para siempre.
Porque el flamenco tiene una crueldad maravillosa: nunca permite esconderse detrás de la dificultad.
Un picado rapidísimo puede impresionar.
Pero un compás pobre queda desnudo.
Una falseta espectacular puede provocar aplausos.
Pero un rasgueado sin soniquete delata inmediatamente al guitarrista.
En la guitarra flamenca, las cosas aparentemente aburridas son las que separan al aficionado del músico maduro.
Practicar el pulgar durante una hora.
Tocar un compás de soleá una y otra vez.
Buscar el sonido de una sola nota.
Repetir un rasgueado hasta que deje de ser mecánico y empiece a respirar.
Desde fuera parece tedioso.
Desde dentro es una de las tareas más difíciles que existen.
Porque exige humildad.
Exige aceptar que nunca se termina de aprender lo esencial.
Exige volver cada día a los fundamentos y tratarlos con el mismo respeto que si fuera la primera vez.
Los grandes guitarristas lo saben.
Por eso, cuando envejecen, no dedican más tiempo a las cosas complicadas.
Dedican más tiempo a las cosas sencillas.
Porque han comprendido algo que al principio resulta decepcionante:
La grandeza en la guitarra flamenca no consiste en tocar cada vez cosas más difíciles.
Consiste en tocar cada vez mejor las cosas más simples.
Y quizá la verdadera madurez llegue el día en que uno se siente con la guitarra, toque un compás de soleá perfectamente colocado y piense:
Aquí sigue estando todo el misterio.