En la guitarra flamenca existe una idea silenciosa que acompaña a muchos aficionados y profesionales: llegar algún día a ser un gran guitarrista. Dominar el compás, alcanzar la velocidad, tocar en un escenario o recibir el reconocimiento de los demás parecen metas legítimas y deseables. Sin embargo, hay un fracaso mucho más profundo y doloroso que no alcanzar ninguna de ellas.
El peor fracaso no es no llegar a ser un gran guitarrista; el peor fracaso es perder la alegría de tocar por el camino.
La mayoría comenzamos a tocar por una razón sencilla y casi infantil. Una falseta que nos emocionó, el sonido de una soleá al caer la tarde, el misterio de una seguiriya o el recuerdo de un maestro que parecía hacer hablar a la guitarra. Al principio no existen las comparaciones ni las expectativas. Solo existe el asombro. Cada acorde descubierto es una pequeña victoria y cada hora con la guitarra es un refugio.
Pero, con el tiempo, aparecen otros compañeros de viaje: la exigencia, la impaciencia y la frustración. Nos comparamos con quienes tocan mejor, lamentamos los años perdidos, sentimos que progresamos demasiado despacio. La guitarra, que antes era un lugar de libertad, comienza a convertirse en una obligación. El placer se transforma en rendimiento y la pasión en una lista interminable de metas incumplidas.
Entonces ocurre la verdadera derrota.
No dejamos de tocar porque seamos malos guitarristas; dejamos de disfrutar porque olvidamos por qué empezamos. La técnica sigue ahí, los estudios continúan, quizá incluso mejoramos, pero la música ya no nos hace sonreír. Tocamos con las manos, pero no con el corazón.
Y, sin embargo, el flamenco nunca ha tratado únicamente de la perfección. El flamenco habla de la vida, de la emoción, de la verdad interior. Un guitarrista puede no ser un virtuoso y, aun así, poseer algo mucho más valioso: la capacidad de sentarse con su guitarra al final del día y encontrar en unas pocas notas un instante de paz, de belleza o de consuelo.
Porque la guitarra flamenca no es una carrera con una meta final. Es un camino que se recorre durante toda la vida. Habrá épocas de avance y épocas de estancamiento; momentos de inspiración y otros de silencio. Pero mientras permanezca intacta la alegría de coger la guitarra y dejar que las manos busquen un compás, nada se habrá perdido realmente.
Quizá nunca lleguemos a ser grandes guitarristas a los ojos del mundo. Tal vez nunca demos un concierto memorable ni grabemos un disco. Pero si conservamos la ilusión de tocar una bulería en una noche de verano, de aprender una nueva falseta o de emocionarnos con el sonido de una vieja guitarra, entonces habremos triunfado.
Porque en el arte, como en la vida, el éxito no consiste en llegar más lejos que los demás, sino en no perder el amor por aquello que nos hizo empezar.